A lo
largo de su vida muchos han sido los apodos que con éxito lograron sustituir su
verdadero nombre; sin embargo, solo uno ha marcado su corto recorrido por la
vida: Mexi. Laura no nació en México ni ha adoptado la nacionalidad mexicana
como muchos piensan. Sus apellidos, Hernández Cadavid, rechazan toda
posibilidad de que algún miembro de su familia sea mexicano. Su apodo solo
tiene una razón de ser: Laura pasó gran parte de su vida en aquel país norteño
o, como algunos dicen, la desperdició.
Al
cumplir los 7 años, sus padres le anunciaron que se mudarían a la ciudad de
Toluca, pues su padre John Jairo, un ingeniero químico experimentado, había
aceptado una oferta de traslado para ocuparse de la expansión de una planta
química. Durante su vida en aquel país, Laura se caracterizó por su
responsabilidad en el estudio y su espíritu emprendedor a la hora de cumplir
sus propósitos. A pesar del ambiente de represión y exclusión que la rodeaba
por el hecho de ser colombiana, Laura llevó a cabo grandes logros que son el
orgullo de su familia: lideró su grupo de baile contemporáneo durante 2 años y
aprendió inglés y francés para igualar el nivel académico de sus compañeros a
quienes logró superar con frecuencia en la entrega anual de diplomas.
Siete años
después, la joven que había sido traída al mundo tan solo 2 días luego de la
celebración de bienvenida del año 1992, vio su más grande anhelo realizado al
volver a su natal Medellín junto a su familia y amigos. Laura conservó su
característica más destacable: la responsabilidad en sus estudios; sin embargo,
la chispa de extroversión y

liderazgo se apagó desde su primer día en el Colegio Teresiano de Envigado. Muchos, en su mayoría desconocidos, atribuyen su timidez a su corta estatura de un metro con cincuenta centímetros; pero su madre Luz Estela, aquella que la ha acompañado toda su vida, asegura que su inseguridad proviene del entorno que la rodea en una ciudad como Medellín en que la competencia materialista y estética es tan salvaje como en la jungla y en donde solo los que se adaptan logran sobrevivir.
Pues Laura es precisamente una inadaptada social, no por critica o por exclusión, sino porque así ella lo decidió. Es una mujer que prefiere escuchar a lucirse en un discurso, quedarse sentada en vez de ir a desfilar, cantar canciones que pocos entienden en vez de repetir el hit del mes.

liderazgo se apagó desde su primer día en el Colegio Teresiano de Envigado. Muchos, en su mayoría desconocidos, atribuyen su timidez a su corta estatura de un metro con cincuenta centímetros; pero su madre Luz Estela, aquella que la ha acompañado toda su vida, asegura que su inseguridad proviene del entorno que la rodea en una ciudad como Medellín en que la competencia materialista y estética es tan salvaje como en la jungla y en donde solo los que se adaptan logran sobrevivir.
Pues Laura es precisamente una inadaptada social, no por critica o por exclusión, sino porque así ella lo decidió. Es una mujer que prefiere escuchar a lucirse en un discurso, quedarse sentada en vez de ir a desfilar, cantar canciones que pocos entienden en vez de repetir el hit del mes.
Por todo
esto pareciera que Laura es un blanco de exclusión en su ciudad; no obstante,
los que la conocen aseguran que es tan divertida como cualquiera, que comete
locuras tan frecuentemente como le es posible, que su solidaridad con sus
amigos es infinita, que generalmente le resulta imposible decir no, que su
orgullo la domina y la controla, que en ocasiones no respeta la autoridad de
sus padres sobre ella, que tiene graves problemas de indecisión, de constancia
y de orden; que ir a cine es su actividad favorita, que mata el tiempo espiando
la vida de celebridades gringas, que tiene una fascinante debilidad por la
historia y lo desconocido, que encuentra en la moda y el diseño de espacios la
realización de sus deseos, que el amor hacia su única hermana, una perrita bichon
frize de 14 años, es ilógico y desmedido; que sus aspiraciones de triunfar en
grande son tan fantasiosas como imposibles y que la falta de autosuficiencia amarrará
por mucho tiempo las alas de sus sueños.
A sus 19 años, ignorando los comentarios de desaprobación por parte de sus familiares, Laura ingresó al pregrado de Comunicación Social en la Universidad Eafit con la plena convicción de que algún día llegará a ser una exitosa periodista de investigación, una reconocida editora de revistas o quizás incluso una gran guionista de largometrajes al servicio de la industria cinematográfica norteamericana. Aunque por ahora, solo por ahora, Laura se conforma con ver la próxima transmisión de los Premios de la Academia una vez más.



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