Desde el
comienzo Laura estaba segura de su objetivo. Las arañas, en especial las
tarántulas, serían su destino una vez entrara al zoológico: el renombrado
Zoológico de Santa Fe. Tan pronto abandonó el carro estacionado en su lugar,
encontró la primera de las especies que conocería en su recorrido: una criatura
interesante y a veces predecible, siempre lista para exhibir sus preciados
atributos a todo el que pretendiera atravesar las puertas del parque:
-¡Lleve
las bolsitas de maní! – insinuaba el vendedor ambulante mientras Laura y su
madre trataban de abrirse paso hasta la primera y única ventanilla dispuesta a
vender un tiquete de entrada –. Llévelas para que alimente a los animales, ¡a
los micos les gusta el maní!
Pues si,
a Laura le emocionó la idea de ver a algunos cuantos monos de cerca ansiosos
por un trocito de maní y antes de que siquiera pudiera sugerir la compra de al
menos una bolsita, su madre, como siempre, estaba ya adentrando sus manos al
interior de su bolso, a punto de sacar la billetera.
-Hágale
pues, yo le compro una- dijo mientras entregaba afanosamente el billete de dos mil.
“Siempre
hay al menos una interrupción cuando vas de afán para alguna parte”, pensó Laura
mientras la señora de la taquilla deslizaba los dos diminutos boletos de
entrada por debajo del vidrio grueso y opaco que la encubría.
-El
recorrido empieza por el lado derecho- les informó el señor de la entrada luego
de recibir los boletos. ¡Había sucedió otra vez!, una interrupción más en su afanado
capricho por ver de cerca a las tarántulas.
“Bueno,
hagamos las cosas como son” pensó. “Después de todo, esta es mi primer visita
al zoológico, más vale dejarme guiar”.
Sí,
extraños e imponentes animales fueron atravesando uno a uno su mirada. Algunos
llamaban su atención por su magnificencia; entre ellos, la avestruz fue por
mucho el animal más indescifrable que vio en la primera parte del recorrido. Tal
vez se deba a que fue el primer y único animal que logró ver a menos de 5 o 6
metros de distancia.
-Huele
maluco- exclamó su madre tan pronto emprendieron el camino del lado derecho y
desde entonces ninguna de las dos dejó de proferir frases similares-. El olor y
el pantano son por el invierno- aclaró su madre y Laura pacientemente asintió.
Quién
iba a imaginar que una hora y media después su madre estaría reclinada en el
asiento del copiloto con el mismo aspecto de una “tajada maluca”.
-¡Fue el
olor! Estoy segura. Me tenía mareada desde que vimos por primera vez al pavo
real”- se quejaba su madre con el ceño bien fruncido y la cabeza recostada
hacia atrás. Laura solo se concentraba en la carretera devuelta a casa
procurando no tomar la salida incorrecta en el rompoy, pero en su cabeza aún
latía incesante el recuerdo de su primera visita al zoológico que iba a ocupar,
estaba segura, un gran espacio en su pensamiento durante los próximos días.
Ya había
pasado por el hábitat de los tigrillos, siguió de largo cuando vio el hábitat
del oso macho, un oso solitario porque la hembra, que estaba en celo, había
sido encerrada, y al mismo tiempo un oso ausente porque estaban limpiando sus
terrenos. Ni su madre ni Laura pudieron compartir la exaltante presencia de un
oso, pero por lo menos pudieron ver el pavo real que les regaló por unos
segundos todo el esplendor de su cola abierta.
De
pronto, luego de divertirse un rato con los monos, sin que pudiera predecirlo,
Laura vio aquella criatura pequeña e indefensa que marcaría para siempre su
visita al zoológico como el lugar que nunca quiso conocer.
Para
sorpresa de todos no fue la tarántula, fue un minúsculo mono cara blanca que
yacía en la esquina superior izquierda de una jaula enrejada en completa
soledad. Pero no fue pesar lo que en un principio sintió, fue incredulidad y
asombro porque aquel miquito se revolcaba igual que un loco, igual que un
maniaco o un enfermo mental que intenta inútilmente deshacerse de sus ataduras.
Pero el mico no estaba atado, era libre y sin embargo, preso en su propio
trastorno. Algo estaba sucediendo allí.
-¿Será
que tiene rabia?- preguntó su madre esperando una respuesta de su hija que
observaba expectante aquel desolador espectáculo. Tal vez, quizá por eso estaba
aislado de los demás micos de su especie. Más que solo rabia, más que un
capricho, ese pobre mico parecía estar intentando… ¡suicidarse! Enredaba su
larga cola alrededor de su cuello y halaba de ella con fuerza pero no conseguía
que la cola permaneciera enrollada; se soltaba. Y entonces se desesperaba,
brincaba y se revolcaba; con sus manos se estregaba la cara, los ojos;
introducía sus manos en su boca abierta y amenazante y las rasguñaba con sus
afilados dientes negros.
A partir
de ese momento, Laura no tuvo calma. En vano intentó seguir de largo, visitar
otras hábitats, pero ni las serpientes ni las águilas ni las guacamayas ni los cocodrilos
lograron sacar la triste imagen del mico cara blanca de su mente. Nada
importaba, ni las tarántulas que no pudo ver porque su hábitat estaba siendo
remodelada, ni el maní que nunca pudo abrir porque estaba prohibido dar comida
a los animales. “Debí saberlo” pensó Laura mientras su madre movía su cabeza de
un lado al otro como queriendo reprochar su falta de astucia frente a una
especie tan…. astuta (esa es la palabra) como un vendedor ambulante.
En fin,
solo una cosa deseaba, volver a la jaula del miquito, esta vez, dispuesta a
preguntar qué le sucedía, sin importar lo desilusionante que la respuesta
podría resultar. Pues bien, no era rabia, por lo menos.
-Acaba
de ingresar al zoológico y tiene que estar aislado mientras se adaptada- le
explicó un trabajador del lugar sin que en su cara se escondiera ningún rasgo
de compasión. Así como un hombre, un delincuente, un asesino o terrorista es
condenado por sus crímenes a vivir eternamente, o por lo menos mientras su
existencia le permita, encerado en una celda, asimismo este miquito acababa de
ser sentenciado a cadena perpetua pero
no por ser delincuente sino porque… nació.
“Así es
como se siente ser domado, sometido
en contra de tu voluntad bajo el inquebrantable poder del irracional ser
humano”, fue lo único que Laura pudo leer en su mente. El zoológico ya no era
igual, los animales no eran los mismos que había visto hacía unos minutos, las hábitats
ya no parecían pequeños ecosistemas ambientados para suplir las necesidades de
estos seres, ahora todo parecía un holocausto, una prisión de especies inocentes
que pagan con sus vidas el entretenimiento de una especie superior: “yo”,
dedujo. Sí. Con su pago, con su entrada, con su asistencia contribuía a la
tortura, era cómplice del suplicio, un verdugo.
-Vámonos-
fue lo único que pronunció. Ella y su madre salieron deprisa del parque,
atravesaron las puertas y vieron al vendedor ambulante, esta vez rodeado de
otros individuos de su misma especie. La mamá de Laura no quiso reclamar,
sumisa, resignada y por cierto mareada, caminó junto a su hija hasta el
estacionamiento.
Varias
cosas pasaban por su cabeza, varias veces escuchó las intervenciones de su
madre lamentando su indisposición pero solo una logró captar su completa
atención:
-¡Ay!
¡No vimos las tarántulas!
En la
cara de Laura, una tenue sonrisa se esbozó.