En una de las tantas esquinas del centro de
Medellín se alza imponente una edificación con cerca de un siglo de antigüedad.
Emblema de una tradición que lucha por subsistir en un mundo moderno y
globalizado, la edificación fue nombrada Monumento Nacional en el año 1996.
El Edificio Antigua Estación Medellín del Ferrocarril
de Antioquia guarda en su interior un secreto que es a menudo develado por todo
aquel que no conoce su historia y que sorprende tanto como un descubrimiento
inesperado, un tesoro perdido y, sin embargo, accesible a la vista y a la
apreciación.
Inédita es la reacción que invade a quienes desenmascaran
el incógnito vestigio de lo que fue alguna vez esta ciudad, pues en el descubrimiento
se revela también la historia maravillosa de una época que muchos, en su
mayoría ancianos, se empeñan en preservar. La misma presencia de estos misteriosos
sujetos que anidan pacientes a los alrededores de la conservada reliquia,
evidencia su intento por mantener viva una memoria, no solo en sus mentes, sino
mediante su corporalidad: con su presencia parecen resguardar los restos que
concentran toda una forma de vida que se ha sabido tornar en leyenda.
El Ferrocarril de Antioquia, mejor dicho, lo que
algún día fue la imponente red férrea del siglo XX, tiene su emblema en el
patio interior del Edificio Ferrocarril de Antioquia ubicado en la carrera
Carabobo con San Juan.
El vagón del tren que empezó su funcionamiento en
1929 como transporte de carga y de pasajeros de la región, cohabita con otras
edificaciones y monumentos que dan testimonio de la rica tradición antioqueña; no
obstante, tanto aquella pequeña parte de ferrocarril que allí se posa, como el edificio
que la contiene, parecen morar envueltos dentro de un ambiente auténtico que
los aísla de lo que hay a su alrededor. Es una esfera que, en medio de un urbanismo
excéntrico característico de la modernidad, los protege del paso del tiempo y
los sumerge en un espacio digno de reflexión, de conmemoración, de recuerdo.
Tal vez esa sea la razón de que exista un tercer
elemento que hace de esta esquina del centro de Medellín un lugar único e
incomparable. No es el gran edificio de arquitectura francesa cuya belleza y
estilo europeo exaltan su delicada elegancia. No es el propio vestigio del
ferrocarril que evoca memorias. Son en sí las historias, los recuerdos, las
memorias lo que hace valioso a este recinto sagrado. Es el pasado mismo que
recobra su existencia y que encuentra un espacio para volver a ser, para
recrearse en el aire mismo que allí se respira. Es dejar a un lado las cifras
históricas, las precisiones numéricas, las estadísticas, para privilegiar única
y exclusivamente el sentimiento de nostalgia, de melancolía y de añoranza que
sufren aquellos “custodiadores” del ayer, aquellos quienes en su pensamiento
conservan la historia misma, no porque posean el conocimiento de un suceso,
sino porque el suceso en sí se convirtió en una experiencia propia ya más de
medio siglo atrás.
Para algunos, el ferrocarril es un bien de su
propiedad, es una pertenencia inalienable de su experiencia, de su pensamiento,
de sus recuerdos, pues en él depositaron instantes de sus vidas que sólo ahora
cobran valor.
A mis ojos, esa estancia donde es posible evocar,
revivir, re experimentar, es un punto muerto. Si hubiese en mis disparates la
idea descabellada de que es posible volver al pasado, no para cambiarlo sino
para reanimarlo, es este el único lugar donde lo veo creíble. El ferrocarril, o
lo que queda de él, es una máquina del tiempo que cualquiera puede abordar pero
que pocos pueden conducir: los que ya estuvieron allí, los que saben cómo
llegar.
Tal como lo dice Jairo Gutiérrez, uno de tantos
escoltas del pasado que con frecuencia visitan lo que queda de la antigua
locomotora: “El tren era indispensable”. Lo era para todos y, aunque no lo haya
manifestado, lo sigue siendo para él porque en esa pequeña pero modesta área es
donde encajonó su vida, donde encajonó lo que fue y lo que seguirá siendo.
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