Resurrección de una oportunidad perdida


                               


Esta es la última fotografía en que aparezco con mi abuelo y todos allí sabíamos que así sería. Mi abuelo padecía una enfermedad terminal llamada esclerosis lateral que eventualmente lo dejaría paralizado, y yo, tendría que regresar a México como cada año para continuar con mi vida.

Esta foto es única porque, como diría Roland Barthes (1989) autor de La cámara lúcida, a demás de poseer studium, la foto tiene un punctum. El studium de mi fotografía consiste en lo que dice, revela las intenciones del fotógrafo que claramente residen en congelar aquel último encuentro a modo de recuerdo. Pero la fotografía posee algo más que disturba la realidad, lo que Barthes (1989) llama punctum; aquello que me lastima.

El punctum no es la mano izquierda de mi abuelo que yace ya paralizada, pues la aparición de este elemento estaba ya planeada por el fotógrafo y un punctum, según Barthes (1989) nos ilustra, no puede ser intencionado.

El verdadero punctum de mi fotografía se halla en la mano derecha de la niña que está sentada a la izquierda; mi mano. Al ver la fotografía, noto cierto distanciamiento hacia mi abuelo,  mi mano se rehúsa a acoger su brazo, estando éste tan cerca de mi. La posición lejana de mi mano me chuza y me conmueve profundamente porque ahora sé que esa era la última oportunidad de abrazarlo.

Este punctum me revela a demás un “campo ciego (…) una vida exterior al retrato” (Barthes, 1989: 73-74), que de otra forma no hubiese podido notar: yo era aún muy pequeña y por ello era inconsciente de que no volvería a ver a mi abuelo, lo que explica mi falta de afecto hacia él; o tal vez si lo sabía pero no me dolía, quizás incluso lo entendía y me dolía pero no lo supe expresar.

En todo caso, la foto no me deja sentir nada más que culpabilidad. Esto me recuerda además otro aspecto que se describe en La cámara lucida y es que “el «yo» nunca coincide con mi imagen” (Barthes, 1989: 33), quizá mi verdadero «yo» sentía angustia y nostalgia pero mi imagen no lo supo expresar.

Al respecto, Barthes (1989) plantea que, al disparar el obturador, yo me transformo de sujeto a objeto, de persona a spectrum, me muero y quedo plasmada en el papel; es por esto que mi «yo» no se reflejó como debía en la fotografía.

Lo que me pesa aun más es que no hay forma de negar que la escena fotografiada existió, pues este es precisamente el noema de la fotografía, me comprueba que “esto ha sido” (Barthes, 1989: 91). Nuestro último encuentro sucedió y yo no lo abrasé. Y cada vez que observo la foto, resucito los objetos que allí se encuentran muertos y congelados, revivo el momento en que me despedí de mi abuelo y reviviré también mi culpabilidad; al observarla se unirán pasado y realidad. Esta es la resurrección de la fotografía.

El “esto ha sido” puede ahora seguir siendo, y deja abierta la posibilidad de volver a ser cada vez que observe la foto. La muerte de mi abuelo en la fotografía se dio tres meses antes de su muerte en la realidad, por eso ahora, cada vez que vea la foto y lo reviva, él estará siempre a tres meses de su muerte y, sin embargo, él ya murió. 

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