En la lectura titulada Una auténtica guerra periodística se
exponen las diversas actitudes e intereses que puede adoptar un periodista
frente a su importante labor comunicativa.
El texto nos muestra que la
compleja práctica del periodismo no reside únicamente en la buena emisión de la
información, cuyos principales rasgos, como ya sabemos, deben ser la objetividad
y la veracidad, sino que ilustra también aspectos como la competencia por la
popularidad, el afán por conseguir la primicia, la ambición desmedida por un
buena recompensa monetaria, entre otros, que conllevan, en numerosas ocasiones,
al olvido de la ética profesional y al descuido de los verdaderos propósitos de
un comunicador o periodista.
Con frecuencia, tal vez más
de la que se cree, los periodistas se ven expuestos a estos juegos de poder y
codicia que de algún modo los desvía de su esencial tarea. En el texto se
evidencian las dificultades éticas que atravesaron dos periodistas en medio de
una competencia feroz por la atención del público y el reconocimiento dentro
del mundo periodístico que desestabilizaron el equilibrio que debe existir
entre calidad y sensacionalismo.
El periodista William Hearst,
guiado más por la necesidad de presentar un producto llamativo y fácil de
vender que por el fiel deseo de ofrecer información verídica y de calidad,
calló en el juego insaciable de la ambición que más tarde lo llevaría incluso a
incentivar una guerra que no estaba prevista o estimada. Esta renuncia a la
ética profesional desembocó en consecuencias devastadoras de grandes dimensiones,
entre ellas, la intervención bélica de Estados Unidos en un conflicto interno
de los ciudadanos cubanos. Todo esto se logró a través de prácticas sucias y
deshonestas que desprestigian y vulgarizan la bien lograda labor de los
periodistas; prácticas como la manipulación de la información y la dramatización
exagerada de los sucesos, la invención de acontecimientos falsos para su
posterior conversión en hechos noticiosos cuyo propósito reside en lesionar la
sensibilidad de los lectores a través de contenido de carácter sensacionalista,
la exaltación de las masas, protestantes y revolucionarias, para obtener un
beneficio personal y no fundamentado en el bien común, la desacreditación de
otros grupos dedicados al ejercicio periodístico por medio de trampas,
calumnias, difamación, burlas, robo de la información, de las fuentes y del
personal; y por último, la provocación de un conflicto bélico innecesario fundamentado
en ningún otro propósito distinto a la adquisición de beneficios
propagandísticos y económicos por parte de un periódico (o varios).
La relevancia que tiene la
problemática de la ética en este caso (el caso de un periodista o comunicador),
alcanza dimensiones magníficas debido al poder que otorga el total control de
la información. Un periodista tiene una responsabilidad, como ninguna otra, de
otorgar la información precisa en el
momento adecuado porque conoce los efectos que cualquier evento
noticioso puede causar en el lector. Como vimos en el texto, la palabra escrita,
bien o mal manejada, motiva diferentes sensaciones, emociones y actitudes en el
receptor; de allí la necesidad de periodistas conscientes y responsables, con
una formación sólida y orientada hacia el bien común, que es, en últimas, el
objetivo de su honrosa e indispensable ocupación.
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