La bóveda estrellada


Es un recinto cerrado, iluminado con luz artificial, amoblado para cumplir una función específica que todos conocen, al igual que conocen su ubicación y el protocolo que dentro de él se debe mantener, pero pocas personas ven su espectacularidad. Y es que son pocas personas las que miran arriba, literalmente.

No es su piso, tampoco sus butacas ni su escenario, aunque este último bien podría serlo. Lo que hace único a este espacio esta arriba, es su techo. Pero no hay belleza sin antiestética, no hay sofisticación sin sencillez, no hay innovación sin antigüedad, no hay techo sin suelo.

Un tablón en forma de trapecio de madera laminada color café claro y brillante por el barniz,  montada sobre otro tablón un poco más delgado y apenas unos 40 cm más largo que el anterior, de forma que aquella pestaña hace las veces de pequeña escala. Sobre la parte frontal del tablón, tanto en el extremo izquierdo como el derecho, tres escaleritas permiten el acceso al escenario.

El trapecio está delimitado por tres paredes, dos sobre cada uno de los lados paralelos y una sobre el lado trasero, el del fondo. La pared del fondo que limita con las paredes lateares es de color blanco y sobre ella cuelga una tela cuadrada e igualmente blanca que es la pantalla sobre la que proyecta el Video Beam.

Las paredes laterales están hechas de ladrillo y en cada una de ellas hay un hueco rectangular en donde encaja con precisión una puerta de madera clara. Además, sobre la pared de ladrillo de la derecha, a un lado de la puerta, hay un panel horizontal cubierto por un vidrio oscuro que bloquea la visibilidad.

Sobre la esquina inferior derecha del piso de madera se encuentra un podio de base cuadrada, de color café claro, más claro que el barniz del tablón; y con un letrero impreso sobre su cara frontal que dicta: “Universidad Eafit Abierta al mundo”.

Frente al escenario se despliegan diez hileras de butacas que ascienden en altura, siendo la última hilera la más alta del auditorio. La primera hilera, la más cercana al escenario, cuenta con ocho butacas, las otras nueve tienen 14 butacas cada una.

A ambos lados del bloque de butacas, 18 escaleras permiten el acceso hasta el fondo del auditorio que está marcado por una alta pared cubierta con el mismo paño azul que reviste a las sillas.

Es la descripción de un auditorio, el del bloque 38. Tan típico como todo otro, tan monótono como los demás. Encapsula un ambiente docto, inspira respeto y evoca un ritual, tal vez se deba a que las personas que hemos visto adueñarse del compacto sitio  y en especial, de su podio, han sabido ganar el privilegio de pararse allí. Pero aparece imponente la otra cara de la dualidad, la que promete innovación, la que desafía los métodos arcaicos y la que sin duda, hace único a este lugar.

Como simulando una bóveda estrellada 20 bloques blancos y rectangulares suspenden del techo como por arte de magia, ocultando los ductos del aire acondicionado y los cables de la luz. En los espacios libres que hay entre los bloques blancos, cuelgan 28 lámparas de luz blanca y un Viedo Beam. Este es sin duda un contraste imposible de ignorar, pues el techo de esta estancia pareciera más el centro de atención de una flamante sala de exposición o la ostentación de una millonaria casa en París; no obstante, este es el único elemento del teatro que es pasado por alto entre los turistas que pasan por aquí, tal vez se deba a que son pocas personas la que miran hacia arriba, tal vez, como sucede con las estrellas, algunos no son dignos de mirar allí.



Te condeno a cadena perpetua


Desde el comienzo Laura estaba segura de su objetivo. Las arañas, en especial las tarántulas, serían su destino una vez entrara al zoológico: el renombrado Zoológico de Santa Fe. Tan pronto abandonó el carro estacionado en su lugar, encontró la primera de las especies que conocería en su recorrido: una criatura interesante y a veces predecible, siempre lista para exhibir sus preciados atributos a todo el que pretendiera atravesar las puertas del parque:

-¡Lleve las bolsitas de maní! – insinuaba el vendedor ambulante mientras Laura y su madre trataban de abrirse paso hasta la primera y única ventanilla dispuesta a vender un tiquete de entrada –. Llévelas para que alimente a los animales, ¡a los micos les gusta el maní!

Pues si, a Laura le emocionó la idea de ver a algunos cuantos monos de cerca ansiosos por un trocito de maní y antes de que siquiera pudiera sugerir la compra de al menos una bolsita, su madre, como siempre, estaba ya adentrando sus manos al interior de su bolso, a punto de sacar la billetera.

-Hágale pues, yo le compro una- dijo mientras entregaba afanosamente el billete de dos mil.

“Siempre hay al menos una interrupción cuando vas de afán para alguna parte”, pensó Laura mientras la señora de la taquilla deslizaba los dos diminutos boletos de entrada por debajo del vidrio grueso y opaco que la encubría.

-El recorrido empieza por el lado derecho- les informó el señor de la entrada luego de recibir los boletos. ¡Había sucedió otra vez!, una interrupción más en su afanado capricho por ver de cerca a las tarántulas.
“Bueno, hagamos las cosas como son” pensó. “Después de todo, esta es mi primer visita al zoológico, más vale dejarme guiar”.

Sí, extraños e imponentes animales fueron atravesando uno a uno su mirada. Algunos llamaban su atención por su magnificencia; entre ellos, la avestruz fue por mucho el animal más indescifrable que vio en la primera parte del recorrido. Tal vez se deba a que fue el primer y único animal que logró ver a menos de 5 o 6 metros de distancia.

-Huele maluco- exclamó su madre tan pronto emprendieron el camino del lado derecho y desde entonces ninguna de las dos dejó de proferir frases similares-. El olor y el pantano son por el invierno- aclaró su madre y Laura pacientemente asintió.

Quién iba a imaginar que una hora y media después su madre estaría reclinada en el asiento del copiloto con el mismo aspecto de una “tajada maluca”.

-¡Fue el olor! Estoy segura. Me tenía mareada desde que vimos por primera vez al pavo real”- se quejaba su madre con el ceño bien fruncido y la cabeza recostada hacia atrás. Laura solo se concentraba en la carretera devuelta a casa procurando no tomar la salida incorrecta en el rompoy, pero en su cabeza aún latía incesante el recuerdo de su primera visita al zoológico que iba a ocupar, estaba segura, un gran espacio en su pensamiento durante los próximos días.

Ya había pasado por el hábitat de los tigrillos, siguió de largo cuando vio el hábitat del oso macho, un oso solitario porque la hembra, que estaba en celo, había sido encerrada, y al mismo tiempo un oso ausente porque estaban limpiando sus terrenos. Ni su madre ni Laura pudieron compartir la exaltante presencia de un oso, pero por lo menos pudieron ver el pavo real que les regaló por unos segundos todo el esplendor de su cola abierta.

De pronto, luego de divertirse un rato con los monos, sin que pudiera predecirlo, Laura vio aquella criatura pequeña e indefensa que marcaría para siempre su visita al zoológico como el lugar que nunca quiso conocer.

Para sorpresa de todos no fue la tarántula, fue un minúsculo mono cara blanca que yacía en la esquina superior izquierda de una jaula enrejada en completa soledad. Pero no fue pesar lo que en un principio sintió, fue incredulidad y asombro porque aquel miquito se revolcaba igual que un loco, igual que un maniaco o un enfermo mental que intenta inútilmente deshacerse de sus ataduras. Pero el mico no estaba atado, era libre y sin embargo, preso en su propio trastorno.  Algo estaba sucediendo allí.

-¿Será que tiene rabia?- preguntó su madre esperando una respuesta de su hija que observaba expectante aquel desolador espectáculo. Tal vez, quizá por eso estaba aislado de los demás micos de su especie. Más que solo rabia, más que un capricho, ese pobre mico parecía estar intentando… ¡suicidarse! Enredaba su larga cola alrededor de su cuello y halaba de ella con fuerza pero no conseguía que la cola permaneciera enrollada; se soltaba. Y entonces se desesperaba, brincaba y se revolcaba; con sus manos se estregaba la cara, los ojos; introducía sus manos en su boca abierta y amenazante y las rasguñaba con sus afilados dientes negros.

A partir de ese momento, Laura no tuvo calma. En vano intentó seguir de largo, visitar otras hábitats, pero ni las serpientes ni las águilas ni las guacamayas ni los cocodrilos lograron sacar la triste imagen del mico cara blanca de su mente. Nada importaba, ni las tarántulas que no pudo ver porque su hábitat estaba siendo remodelada, ni el maní que nunca pudo abrir porque estaba prohibido dar comida a los animales. “Debí saberlo” pensó Laura mientras su madre movía su cabeza de un lado al otro como queriendo reprochar su falta de astucia frente a una especie tan…. astuta (esa es la palabra) como un vendedor ambulante.

En fin, solo una cosa deseaba, volver a la jaula del miquito, esta vez, dispuesta a preguntar qué le sucedía, sin importar lo desilusionante que la respuesta podría resultar. Pues bien, no era rabia, por lo menos.

-Acaba de ingresar al zoológico y tiene que estar aislado mientras se adaptada- le explicó un trabajador del lugar sin que en su cara se escondiera ningún rasgo de compasión. Así como un hombre, un delincuente, un asesino o terrorista es condenado por sus crímenes a vivir eternamente, o por lo menos mientras su existencia le permita, encerado en una celda, asimismo este miquito acababa de ser sentenciado  a cadena perpetua pero no por ser delincuente sino porque… nació.

“Así es como se siente ser domado, sometido en contra de tu voluntad bajo el inquebrantable poder del irracional ser humano”, fue lo único que Laura pudo leer en su mente. El zoológico ya no era igual, los animales no eran los mismos que había visto hacía unos minutos, las hábitats ya no parecían pequeños ecosistemas ambientados para suplir las necesidades de estos seres, ahora todo parecía un holocausto, una prisión de especies inocentes que pagan con sus vidas el entretenimiento de una especie superior: “yo”, dedujo. Sí. Con su pago, con su entrada, con su asistencia contribuía a la tortura, era cómplice del suplicio, un verdugo.

-Vámonos- fue lo único que pronunció. Ella y su madre salieron deprisa del parque, atravesaron las puertas y vieron al vendedor ambulante, esta vez rodeado de otros individuos de su misma especie. La mamá de Laura no quiso reclamar, sumisa, resignada y por cierto mareada, caminó junto a su hija hasta el estacionamiento.

Varias cosas pasaban por su cabeza, varias veces escuchó las intervenciones de su madre lamentando su indisposición pero solo una logró captar su completa atención:

-¡Ay! ¡No vimos las tarántulas!

En la cara de Laura, una tenue sonrisa se esbozó.



Dios es extraterrestre


No. No es una suposición. Es de tal afirmación que surge una compleja suposición, en buena parte convertida en creencia, de lo que a mi modo de ver debe acontecer en un futuro, ojalá no muy lejano.

El futuro. El infinito campo de juego de la imaginación. Objeto de las más extraordinarias manipulaciones, divagaciones, ensoñaciones. Un espacio tan amplio que hace posible lo impensable y al mismo tiempo tan misterioso que impone el sello imborrable de la duda en aquel que en vano lo intenta descifrar.

Inútil y desgastante resulta en mi pensamiento escuchar las bien elaboradas utopías que algunos se empeñan en divulgar. Es el caso preciso de un poeta que hoy conocí. Su obra es igualmente ilusionante como inoperante, pero… ¿no es así como toda utopía encuentra fundamento?

Eduardo Galeano es, como pocos (una vez más reitero, en mi concepción), un poeta en toda su extensión, pero, como muchos, cae en el hueco oscuro y profundo de la obviedad. En su exultante poesía El derecho de soñar, presentada en el video Utopía por Eduardo Galeano, traza un panorama sobrio y bien fundamentado: como con una mano divina, reorganiza los desordenes, corrige los errores y endereza los caminos, no solo de una sociedad que parece haber agotado su racionalidad sino de los mismos designios de quien fuese para él un ser superior y que, según dice, uno que otro olvido, en el principio de los tiempos, cometió: “La iglesia dictará otro mandamiento que se le había olvidado a Dios: amarás a la naturaleza de la que formas parte” (Cadireta, 2011). 

Para rematar su relato, tan analítico como congruente, nos recuerda la cotidianidad de la existencia humana, matando con ella toda aspiración de grandeza que durante 6 minutos intermitentemente nos hizo soñar: “Seremos imperfectos porque la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses” ((Cadireta, 2011).

Pretendo pues dejar claro que no encuentro, ni pretendo encontrar, sentido alguno en relatos que, siendo diseñados para encantar, recurren a los ya conocidos defectos de toda sociedad que ciertamente resaltan la imperfección del ser humano por el simple hecho de “ser”. Si, estoy de acuerdo con que “Los automóviles serán [o deberían ser] aplastados por los perros”, como dice Eduardo Galeano (2011) en el video. También, ¿por qué no?, coincido en que algún día el hombre entenderá que las langostas no quieren ser hervidas (Cadireta, 2011), pero me empeño en pensar que si deseamos un futuro sorprendente y hechizante, el relato que lo describa debe dar indicios de su grandeza y provocar su expectación.

Extraterrestres. Un tema tan ignorado como polémico, tan huidizo e incierto que no puede ser agotado con facilidad. Este es el futuro de nuestro mundo, no de nuestro planeta, pues no me bastan los confines de la Tierra, menos aún de la Vía Láctea; recurro directo a la fuente del “todo” que estoy segura, un día se nos revelará.

Es un panorama creativo. Si. Aunque para muchos, estúpido. Abandona un poco el campo de la ingenuidad cuando escuchamos a reconocidos científicos, astrofísicos, astrónomos o simples fanáticos del tema sacar conclusiones, tanto deliberadas como fundamentadas, de la probable existencia de seres superiores y de su sospechada obsesión con la raza humana.

Diversas han sido las ciencias que han optado por dedicar parte de sus funciones a la causa paranormal, así lo manifiesta el artículo titulado Las dimensiones comunes de creencias paranormales al afirmar que: “La investigación de las creencias paranormales ha demostrado ser una vía fecunda de la investigación psicológica y neuropsicológica” (N. Dagnall, A. Parker, G. Munley, K. Drinkwater, 2010, p. 477). Uno de sus coautores, Neil Dagnall, va aún más allá y declara en otro de sus escritos denominado Las visitas extraterrestres, la vida extraterrestre, y las creencias paranormales, que: “Esto es sorprendente porque las creencias extraterrestres se han registrado a lo largo de la historia y siguen prevaleciendo en la sociedad moderna” (N. Dagnall, A. Parker, K. Drinkwater, 2011, p. 699-700).

Y lo interesante no reside particularmente en que las creencias persisten; por el contrario, lo inhóspito está en la antigüedad de los avistamientos que se remonta al mismo principio de la raza humana. Resulta increíble, a mis ojos, que exista evidencia que durante siglos haya pretendido llamar nuestra atención y focalizarla en una posibilidad realmente emocionante y más aún cuando esta creencia ha sido compartida por tantos seres humanos, en especial aquellos habitantes de las antiguas civilizaciones que en repetidas ocasiones han sabido probar su superioridad intelectual.

No resulta ahora pues tan descabellada mi idea de “futuro”. Menos aún cuando esta fue también una parte importante de las creencias de la Antigua Grecia que hoy, por desgracia de todos, no se consideran más. Zeus Poseidón, Ares… legendarios reinadores de la humanidad, del universo en su completa extensión. Si, son extraterrestres. Estuvieron presentes desde nuestro nacimiento, se revelaron ante los dignos de presenciar semejante espectáculo, nos guiaron hasta tal punto de desarrollo y ahora observan distantes (o tal vez más próximos que nunca) el imparable y arrollador viaje de la humanidad hacia su propia destrucción.

¿Qué le espera pues a la raza humana? Tal vez no sea el aire puro ni la eliminación de las clases sociales como alega Galeano, pero sí creo en un futuro maravilloso que sin duda no resultará agradable para aquellos con deficiencias de corazón. Al menos eso espero, a eso apunto.

No viví en la época de las creencias mitológicas, de los grandes pensadores y los debates comunales, no viví en la época de los largos y esponjosos vestidos ni de los barcos piratas, pero aquí estaré el día que al fin nuestro origen sea revelado de boca de quienes así lo quisieron. Y con ellos, toda su magnificencia descenderá a mi planeta y seré digna de estar justo allí en tan célebre demostración. También vendrán las renombradas criaturas, Cíclopes y Hecatónquiros, platillos voladores, dispositivos desafiantes de la gravedad, ninfas, semidioses, héroes y como olvidar el grandioso Olimpo, magnifica representación del cielo, el paraíso al que todos aspiran llegar. Aquí estaré el día en que la humanidad recupere su memoria, el día en que se reviva la tradición y recordemos al fin que dios siempre fue un extraterrestre. 


Referencias


·      Cadireta (2011, 10 de junio). Utopía por Eduardo Galeano. [Archivo de video]. España. Video dirigido a: http://www.youtube.com/watch?v=lNxafgc9Z48&feature=related.


·      N. Dagnall, A. Parker, G. Munley, K. Drinkwater. Common paranormal belief dimensions. En: Journal of Scientific Exploration [Online]. Manchester. 2010, Vol. 24, No. 3, (citada 4 mayo 2012). Disponible en: Academic Search Complete: http://ehis.ebscohost.com.ezproxy.eafit.edu.co/ehost/pdfviewer/pdfviewer?vid=3&hid=5&sid=247f1e8e-10d3-4ff0-a6c4-c41375fc658d%40sessionmgr13. ISSN 08923310.


·      N. Dagnall, A. Parker, K. Drinkwater. Alien visitation, extra-terrestrial life, and paranormal beliefs. En: Journal of Scientific Exploration [Online]. Manchester. 2011, Vol. 25, No. 4, (citada 4 mayo 2012). Disponible en: Academic Search Complete: http://ehis.ebscohost.com.ezproxy.eafit.edu.co/ehost/pdfviewer/pdfviewer?sid=247f1e8e-10d3-4ff0-a6c4-c41375fc658d%40sessionmgr13&vid=4&hid=5. ISSN 08923310.

Los juegos del hambre


Los juegos del hambre (The hunger games) es una adaptación del primer libro de una trilogía titulada con el mismo nombre. La trilogía fue escrita por Suzanne Collins y el primer libro fue publicado el 14 de septiembre de 2008. Entre otros logros, Los juegos del hambre ha sido vendido en treinta y ocho territorios en los que circulan más de 2.9 millones de copias impresas; además, luego de alcanzar el título The New York Times Best Seller,  logró sostenerse dentro de esta lista durante más de cien semanas consecutivas.

Era pues de esperarse que eventualmente la obra literaria fuera llevada a la pantalla grande y fue Lions Gate Entertainment la compañía que en marzo de 2009 logró obtener los derechos de distribución mundial para adaptar la trilogía.


En su escrito de ciencia ficción, Collins narra la historia de Panema, un país conformado por un Capitolio y doce distritos, dentro de los cuales los últimos son los más pobres y marginados. Luego de que los distritos traicionaran al Capitolio (lugar desde donde se gobierna a los doce distrititos de forma arbitraria), se alzaran contra el poder y fueran apaciguados, se estableció que anualmente se llevarían a cabo los Juegos del Hambre, un torneo en que las comunidades ofrecerían como tributo a un hombre y una mujer con el único fin de recordar su traición al Capitolio y mantener la unión entre ellas.

Así, un adolecente y una adolecente entre doce y dieciocho años serían escogidos por cada distrito para enfrentarse a muerte entre sí en los aclamados y difundidos Juegos del Hambre. Sólo uno podría ganar la competencia y a cambio de su valentía y fortaleza recibiría grandes riquezas.

La película comienza en el Distrito 12 donde se halla una joven de dieciséis años de edad llamada Katniss Everdeen, cuya hermana, Primrose Everdeen, estaría concursando por primera vez, pues ya había cumplido sus doce años de vida. Durante la “cosecha”, cuando se escogen los participantes, Primrose es seleccionada, pero su hermana mayor se ofrece como tributo para salvar la vida de Prim. Por su parte, Peeta, un adolescente de dieciséis años con buena posición dentro de la comunidad por su ocupación de panadero, es elegido como el tributo masculino.

Durante la etapa de entrenamiento, los veinticuatro tributos provenientes de los doce distritos muestran sus habilidades y aprenden nuevas técnicas de supervivencia y defensa personal. Katniss, cuya habilidad con el arco es excepcional, conoce a sus más fuertes contrincantes: Cato y Clove, ambos se postularon como candidatos voluntarios del Distrito 2, pues toda su vida se han preparado para luchar en los juegos. Es también en esta etapa que los competidores aprenden la importancia de agradar al público, pues solo así conseguirán patrocinadores que les proporcionen artículos necesarios para sobrevivir en la arena, lugar del enfrentamiento.
Los 74º Juegos del Hambre comienzan cuando los participantes son trasportados hasta la arena y colocados sobre bases hasta que acabe la cuenta regresiva. Frente a ellos fueron distribuidos armas como cuchillos, espadas, arcos, etc., y provisiones. Cuando la cuenta regresiva llega a cero, la mayoría de los concursantes corren para conseguir cualquier artículo de utilidad y allí mismo se desata una masacre, pues Cato y otros tres competidores experimentados asesinan a once de los veinticuatro tributos. Katniss logra escapar de la masacre y refugiarse en el bosque.

Luego de varios días de lucha, se anuncia que en esta edición de los Juegos del Hambre se admitirá que sean dos los ganadores siempre y cuando provengan del mismo distrito. Entonces Katniss emprende una desesperada búsqueda por su compañero Peeta quien se encuentra gravemente herido y requiere medicina con urgencia. Por ello, Katniss decide hacer creer a la audiencia que está enamorada de su compañero, pues solo conmoviendo a los espectadores recibirá ayuda de patrocinadores y, en efecto, su plan funciona.

Uno a uno, los trece concursantes restantes fueron muriendo hasta que solo quedaron Cato, Katniss y Peeta. Finalmente, Cato muere tras ser destrozado por tres bestias que fueron colocadas en la arena por los realizadores del juego, y Katniss y Peeta son nombrados ganadores.

La película, dirigida por Gary Ross, comenzó su rodaje en Norteamérica en mayo de 2011 y finalizó el día 15 de septiembre del mismo año con un presupuesto aproximado de 78 millones de dólares. El 23 de marzo de 2012 la adaptación cinematográfica al fin debutó en los cines del mundo obteniendo logros, para muchos inesperados, tales como:



  • Rompió el record de la película más taquillera en el mundo (estrenada fuera de temporada de verano y temporada de vacaciones) en su primer fin de semana con una ganancia de 211.8 millones de dólares.

  • Dentro de todas las películas de la historia, por su ganancia en el primer fin de semana en Estados unidos (152.5 millones de dólares), obtuvo el tercer puesto, quedando solo detrás de Harry Potter y las reliquias de la muerte parte 2 (169.2 millones) y Batman: el caballero de la noche (158.4 millones).

  • Para el 1 de abril su ganancia a nivel mundial, expresada en dólares, fue de $362,383,901.

  • En el ranking de las ventas de tiquetes por adelantado registradas por Fandango (prestigioso sitio web para la compra de entradas a teatros), obtuvo el tercer puesto, siendo superada por Crepúsculo la saga: Luna nueva y Harry Potter y las reliquias de la muerte parte 2.

  • Entretanto, para Lions Gate Entertainment esta es la película que más dinero ha recaudado en la historia de la compañía.




Damnificados del invierno en La Pintada recibirán ayuda


91 viviendas están siendo construidas por la Corporación Antioquia Presente para igual número de familias afectadas por la ola de invierno que azotó al municipio de La Pintada en noviembre y diciembre del año 2010.


“El proyecto consiste en un proceso de reasentamiento de las familias que fueron afectadas por la ola invernal 2010-2011”, explicó Lina María Botero, trabajadora de Antioquia Presente y residente social del proyecto. En el sector de Buenavista, 91 de las 320 familias perjudicadas por la emergencia invernal recibirán sus casas en junio de este año si las condiciones del clima lo permiten.

La planeación del proyecto, el censo poblacional, el proceso de selección de los grupos que serán beneficiados y la construcción de las viviendas está a cargo de la Corporación Antioquia Presente, pero la iniciativa surgió del ahora exalcalde de La Pintada, Pablo Cano, quien acudió a la corporación antioqueña en busca de recursos para ejecutar la obra.

Tres entidades donantes están financiando el proceso de reubicación en La Pintada: la Fundación Aurelio Llano Posada, la Corporación Dulazar y la Fundación Sofía Pérez de Soto. “Esta obra es muy diferente a los demás proyectos de ola invernal porque es de carácter privado, la Alcaldía solo aportó el lote y el urbanismo”, agregó la señora Botero.

Las 91 familias incluidas en la iniciativa fueron seleccionadas de acuerdo con 13 criterios elaborados por el Comité Interinstitucional, dentro del cual se analiza el caso de los pintadeños en riesgo y en el que participan un delegado de cada entidad donante, un delegado de la Alcaldía y la Corporación Antioquia Presente. Algunos de los criterios planteados por escrito son: no poseer más de una propiedad y que esta sea la afectada, no haber recibido subsidios de vivienda y habitar en zona de alto riesgo.

Entre los grupos seleccionados se encuentran damnificados de diversos sectores como La Tablaza, El Kilómetro, Barrio Colombia, San Jorge, Pueblo Nuevo, La Bucana, La Playa y Trece de Junio. Los benefactores deberán pagar un valor de $800 000 pesos por la escritura de su vivienda, la cual contará con tres piezas, un baño, sala, comedor, cocina y puertas exteriores.

Después del traslado, los beneficiados deberán entregar sus antiguas viviendas a la Alcaldía del municipio. Como parte del Plan Abandono, la Alcaldía deberá demoler las casas y reforestar estos lotes.

Durante cerca de un año y medio los damnificados han recibido soluciones parciales pero su situación no ha sido resuelta. Luego de las inundaciones del año 2010, el alcalde en turno, Pablo de Jesús Cano, aconsejó a las personas cuyas viviendas se encuentran en condición de riesgo, reubicarse en casas alejadas del rió y se ofreció a cubrir seis meses de arriendo para cada familia.

Actualmente, algunas de las víctimas que habían sido reubicadas han regresado a sus antiguos hogares pues aseguran que no tienen como seguir pagando el arriendo. Sin embargo, nueve de estas familias perdieron su casa durante la creciente del Cauca en 2010 y por ello el alcalde Cano los reubicó provisionalmente en un albergue que consta de seis carpas y que se ubica detrás del Comando de Policía de La Pintada.



“No había plata para seguir pagando el arriendo y por eso nos vinimos a vivir a estas carpas”, afirma la señora Yolanda Vargas quien, junto con otras 30 personas, lleva más de un año esperando en el albergue la solución definitiva a su condición de damnificada. Quienes residen en las carpas esperan ser trasladados pronto pues los servicios públicos son mínimos, es difícil conseguir agua y el calor es intolerable, según manifiestan.

Las personas que esperan la entrega de sus nuevas viviendas como Martha Lilia Serna y María Lindelia Flores confían en que éste no será el único proyecto que se realizará en pos de los perjudicados por el río, pues conocen el caso de otras personas que hasta ahora no han sido tomadas en cuenta por los organismos de prevención del municipio. Por su parte, Lina Botero ha dejado claro que la ayuda a todos los damnificados que no fueron incluidos en esta ocasión, deberá correr por cuenta de la Alcaldía Municipal.

La Pintada, ubicada en el sur del departamento de Antioquia, es una de las poblaciones más afectadas de la región en las temporadas de invierno, pues está atravesada por el río Cauca cuyo desbordamiento es frecuente. La problemática perjudica a los habitantes en su trabajo, que consiste principalmente en la pesca, la recolección de oro y el servicio a los turistas; y en su forma de vida pues muchos de ellos residen al margen del río por lo que padecen inundaciones y pérdidas de bienes materiales.

Una auténtica guerra periodística



En la lectura titulada Una auténtica guerra periodística se exponen las diversas actitudes e intereses que puede adoptar un periodista frente a su importante labor comunicativa.

El texto nos muestra que la compleja práctica del periodismo no reside únicamente en la buena emisión de la información, cuyos principales rasgos, como ya sabemos, deben ser la objetividad y la veracidad, sino que ilustra también aspectos como la competencia por la popularidad, el afán por conseguir la primicia, la ambición desmedida por un buena recompensa monetaria, entre otros, que conllevan, en numerosas ocasiones, al olvido de la ética profesional y al descuido de los verdaderos propósitos de un comunicador o periodista.

Con frecuencia, tal vez más de la que se cree, los periodistas se ven expuestos a estos juegos de poder y codicia que de algún modo los desvía de su esencial tarea. En el texto se evidencian las dificultades éticas que atravesaron dos periodistas en medio de una competencia feroz por la atención del público y el reconocimiento dentro del mundo periodístico que desestabilizaron el equilibrio que debe existir entre calidad y sensacionalismo.

El periodista William Hearst, guiado más por la necesidad de presentar un producto llamativo y fácil de vender que por el fiel deseo de ofrecer información verídica y de calidad, calló en el juego insaciable de la ambición que más tarde lo llevaría incluso a incentivar una guerra que no estaba prevista o estimada. Esta renuncia a la ética profesional desembocó en consecuencias devastadoras de grandes dimensiones, entre ellas, la intervención bélica de Estados Unidos en un conflicto interno de los ciudadanos cubanos. Todo esto se logró a través de prácticas sucias y deshonestas que desprestigian y vulgarizan la bien lograda labor de los periodistas; prácticas como la manipulación de la información y la dramatización exagerada de los sucesos, la invención de acontecimientos falsos para su posterior conversión en hechos noticiosos cuyo propósito reside en lesionar la sensibilidad de los lectores a través de contenido de carácter sensacionalista, la exaltación de las masas, protestantes y revolucionarias, para obtener un beneficio personal y no fundamentado en el bien común, la desacreditación de otros grupos dedicados al ejercicio periodístico por medio de trampas, calumnias, difamación, burlas, robo de la información, de las fuentes y del personal; y por último, la provocación de un conflicto bélico innecesario fundamentado en ningún otro propósito distinto a la adquisición de beneficios propagandísticos y económicos por parte de un periódico (o varios).

La relevancia que tiene la problemática de la ética en este caso (el caso de un periodista o comunicador), alcanza dimensiones magníficas debido al poder que otorga el total control de la información. Un periodista tiene una responsabilidad, como ninguna otra, de otorgar la información precisa en el  momento adecuado porque conoce los efectos que cualquier evento noticioso puede causar en el lector. Como vimos en el texto, la palabra escrita, bien o mal manejada, motiva diferentes sensaciones, emociones y actitudes en el receptor; de allí la necesidad de periodistas conscientes y responsables, con una formación sólida y orientada hacia el bien común, que es, en últimas, el objetivo de su honrosa e indispensable ocupación.


Resurrección de una oportunidad perdida


                               


Esta es la última fotografía en que aparezco con mi abuelo y todos allí sabíamos que así sería. Mi abuelo padecía una enfermedad terminal llamada esclerosis lateral que eventualmente lo dejaría paralizado, y yo, tendría que regresar a México como cada año para continuar con mi vida.

Esta foto es única porque, como diría Roland Barthes (1989) autor de La cámara lúcida, a demás de poseer studium, la foto tiene un punctum. El studium de mi fotografía consiste en lo que dice, revela las intenciones del fotógrafo que claramente residen en congelar aquel último encuentro a modo de recuerdo. Pero la fotografía posee algo más que disturba la realidad, lo que Barthes (1989) llama punctum; aquello que me lastima.

El punctum no es la mano izquierda de mi abuelo que yace ya paralizada, pues la aparición de este elemento estaba ya planeada por el fotógrafo y un punctum, según Barthes (1989) nos ilustra, no puede ser intencionado.

El verdadero punctum de mi fotografía se halla en la mano derecha de la niña que está sentada a la izquierda; mi mano. Al ver la fotografía, noto cierto distanciamiento hacia mi abuelo,  mi mano se rehúsa a acoger su brazo, estando éste tan cerca de mi. La posición lejana de mi mano me chuza y me conmueve profundamente porque ahora sé que esa era la última oportunidad de abrazarlo.

Este punctum me revela a demás un “campo ciego (…) una vida exterior al retrato” (Barthes, 1989: 73-74), que de otra forma no hubiese podido notar: yo era aún muy pequeña y por ello era inconsciente de que no volvería a ver a mi abuelo, lo que explica mi falta de afecto hacia él; o tal vez si lo sabía pero no me dolía, quizás incluso lo entendía y me dolía pero no lo supe expresar.

En todo caso, la foto no me deja sentir nada más que culpabilidad. Esto me recuerda además otro aspecto que se describe en La cámara lucida y es que “el «yo» nunca coincide con mi imagen” (Barthes, 1989: 33), quizá mi verdadero «yo» sentía angustia y nostalgia pero mi imagen no lo supo expresar.

Al respecto, Barthes (1989) plantea que, al disparar el obturador, yo me transformo de sujeto a objeto, de persona a spectrum, me muero y quedo plasmada en el papel; es por esto que mi «yo» no se reflejó como debía en la fotografía.

Lo que me pesa aun más es que no hay forma de negar que la escena fotografiada existió, pues este es precisamente el noema de la fotografía, me comprueba que “esto ha sido” (Barthes, 1989: 91). Nuestro último encuentro sucedió y yo no lo abrasé. Y cada vez que observo la foto, resucito los objetos que allí se encuentran muertos y congelados, revivo el momento en que me despedí de mi abuelo y reviviré también mi culpabilidad; al observarla se unirán pasado y realidad. Esta es la resurrección de la fotografía.

El “esto ha sido” puede ahora seguir siendo, y deja abierta la posibilidad de volver a ser cada vez que observe la foto. La muerte de mi abuelo en la fotografía se dio tres meses antes de su muerte en la realidad, por eso ahora, cada vez que vea la foto y lo reviva, él estará siempre a tres meses de su muerte y, sin embargo, él ya murió. 

La locomotora del tiempo


En una de las tantas esquinas del centro de Medellín se alza imponente una edificación con cerca de un siglo de antigüedad. Emblema de una tradición que lucha por subsistir en un mundo moderno y globalizado, la edificación fue nombrada Monumento Nacional en el año 1996.

El Edificio Antigua Estación Medellín del Ferrocarril de Antioquia guarda en su interior un secreto que es a menudo develado por todo aquel que no conoce su historia y que sorprende tanto como un descubrimiento inesperado, un tesoro perdido y, sin embargo, accesible a la vista y a la apreciación.

Inédita es la reacción que invade a quienes desenmascaran el incógnito vestigio de lo que fue alguna vez esta ciudad, pues en el descubrimiento se revela también la historia maravillosa de una época que muchos, en su mayoría ancianos, se empeñan en preservar. La misma presencia de estos misteriosos sujetos que anidan pacientes a los alrededores de la conservada reliquia, evidencia su intento por mantener viva una memoria, no solo en sus mentes, sino mediante su corporalidad: con su presencia parecen resguardar los restos que concentran toda una forma de vida que se ha sabido tornar en leyenda.

El Ferrocarril de Antioquia, mejor dicho, lo que algún día fue la imponente red férrea del siglo XX, tiene su emblema en el patio interior del Edificio Ferrocarril de Antioquia ubicado en la carrera Carabobo con San Juan.
El vagón del tren que empezó su funcionamiento en 1929 como transporte de carga y de pasajeros de la región, cohabita con otras edificaciones y monumentos que dan testimonio de la rica tradición antioqueña; no obstante, tanto aquella pequeña parte de ferrocarril que allí se posa, como el edificio que la contiene, parecen morar envueltos dentro de un ambiente auténtico que los aísla de lo que hay a su alrededor. Es una esfera que, en medio de un urbanismo excéntrico característico de la modernidad, los protege del paso del tiempo y los sumerge en un espacio digno de reflexión, de conmemoración, de recuerdo.

Tal vez esa sea la razón de que exista un tercer elemento que hace de esta esquina del centro de Medellín un lugar único e incomparable. No es el gran edificio de arquitectura francesa cuya belleza y estilo europeo exaltan su delicada elegancia. No es el propio vestigio del ferrocarril que evoca memorias. Son en sí las historias, los recuerdos, las memorias lo que hace valioso a este recinto sagrado. Es el pasado mismo que recobra su existencia y que encuentra un espacio para volver a ser, para recrearse en el aire mismo que allí se respira. Es dejar a un lado las cifras históricas, las precisiones numéricas, las estadísticas, para privilegiar única y exclusivamente el sentimiento de nostalgia, de melancolía y de añoranza que sufren aquellos “custodiadores” del ayer, aquellos quienes en su pensamiento conservan la historia misma, no porque posean el conocimiento de un suceso, sino porque el suceso en sí se convirtió en una experiencia propia ya más de medio siglo atrás.

Para algunos, el ferrocarril es un bien de su propiedad, es una pertenencia inalienable de su experiencia, de su pensamiento, de sus recuerdos, pues en él depositaron instantes de sus vidas que sólo ahora cobran valor.

A mis ojos, esa estancia donde es posible evocar, revivir, re experimentar, es un punto muerto. Si hubiese en mis disparates la idea descabellada de que es posible volver al pasado, no para cambiarlo sino para reanimarlo, es este el único lugar donde lo veo creíble. El ferrocarril, o lo que queda de él, es una máquina del tiempo que cualquiera puede abordar pero que pocos pueden conducir: los que ya estuvieron allí, los que saben cómo llegar.

Tal como lo dice Jairo Gutiérrez, uno de tantos escoltas del pasado que con frecuencia visitan lo que queda de la antigua locomotora: “El tren era indispensable”. Lo era para todos y, aunque no lo haya manifestado, lo sigue siendo para él porque en esa pequeña pero modesta área es donde encajonó su vida, donde encajonó lo que fue y lo que seguirá siendo.

El día que envenenaron a Chiquinquirá


Así se titula el reportaje realizado por el periodista Daniel Samper Pizano y publicado en el periódico El Tiempo en 1972, cinco años después del envenenamiento colectivo en Chiquinquirá que dejó 65 muertos.


El sábado 25 de noviembre de 1967 en Chiquinquirá, la panadería Nutibara tenía, como siempre, los panes listos en el mostrador y ya los clientes comenzaban a tomar su desayuno. Ese sábado, los siete hijos de Luis Tirso García, un educador de animales que se encontraba en Bogotá con su esposa, celebrarían su último día de colegio. Luis Carlos, Jorge Eduardo, Nhora, Luis Tirso o Tirsito, Amparo y María Josefa caminaban con otros estudiantes hacia el teatro Furatena cuando uno de los colegiales se desplomó. El estudiante fue llevado al hospital San Salvador, una vieja casa con 3 médicos y 5 enfermeras. Desde ese momento, otras personas ingresaron al hospital con el mismo problema: intoxicación. Los enfermos empezaron a perder el conocimiento y resultaba imposible hacerlos vomitar. Pronto corrió el rumor de que el agua estaba envenenada.

Mientras tanto, en la casa de Luis Tirso García, después de haber desayunado con el pan de la Nutibara, Tirsito sintió que su cabeza daba vueltas, su hermana Amparo se mareó y Luis Carlos cayó inconsciente, por lo que la vecina los llevó al hospital.

Una persona que había visto morir a un pollo luego de darle un mendrugo, dio la alarma de que era el pan el que estaba envenenado. Un empleado de la Nutibara llamado Juan Rangel había comido 5 panes y su compañero, Joaquín Merchán, dos. Luego de que Merchán muriera en el hospital, Rangel, que no sintió ni dolor de estómago, afirmó haber notado que la harina estaba húmeda. Un poco después, José Antonio Vargas, médico de la Secretaría de Salud de Boyacá, confirmó que el pan había sido contaminado con folidol, un veneno usado por agricultores como pesticida, pues al oler un puñado de harina recordó el olor de un almacén que vendía frascos de este tóxico justo al lado de donde solía tener su consultorio.


Ese día por la mañana, Luis Alberto Rodríguez, dueño de Almacén Mi Granja, había recibido un despacho de cajas de folidol. Rodríguez notó que uno de los frascos de veneno estaba roto, por lo que reclamó a Erasmilo Vargas, chofer de Transportes Mentoca. Justo debajo de las cajas de pesticida venían los costales de harina, y al regarse, el veneno los impregnó.

A las 10 a.m. ya habían varios muertos y más de doscientos internados; los periodistas y fotógrafos comenzaron a llegar. Un fotógrafo del El Tiempo tomó una fotografía de un niño recibiendo una trasfusión de suero sobre un canapé, fotografía que dio vuelta al mundo.

Debido a la emergencia, Luis Triso y su esposa regresaron a Chiquinquirá y descubrieron que sus tres hijos varones y Nhora habían muerto. Antes de ser dada por muerta, Nohra había recibido la inyección de atropina, antídoto del folidol, y tiempo después descubrieron que la niña no estaba muerta, respiraba lentamente.

Médicos de otras poblaciones comenzaron a llegar, el ministro de Salud recetaba a los enfermos como Tomás Alfonso Romero, un peluquero con esposa y 8 hijos. En la mañana, su hija Martha de 9 meses fue alimentada con pan porque ese día no habían colaciones y Blanca Helena, de siete años, notó en este un sabor amargo. Tomás, su esposa y 7 de sus hijos terminaron en el hospital. Solo la pequeña Martha murió. También la familia de José Miguel Ortegón perdió tres hermanos de nueve que eran.

El inspector Jesús María Zambrano y su agente Benjamín Castro iniciaron la investigación y detuvieron al chofer del camión y a Aurelio Fajardo, dueño de la Nutibara; no obstante, fueron liberados 10 días después. Un piquete de soldados fue enviado a ayudar a enterrar a las victimas, pues Jesús Moreno, el sepulturero, no era suficiente.  61 niños y 4 adultos fallecieron ese día, mientras que 165 personas estuvieron hospitalizadas.

Cinco años después, las cosas eran diferentes: el panadero Fajardo se mudó con su familia a Bogotá, la familia Ortegón también se fue, Rodríguez sigue despachando pedidos en su almacén, el inspector Zambrano fue asesinado en Bogotá; su secretario, Benjamín Castro, ahora trabaja en Transportes Reina; Transportes Mentoca despareció luego de robar a la sede de Bogotá, el chofer del camión tiene un negocio de maderas en la capital, el médico Vargas trabaja en el nuevo hospital y resultó inocente luego de que un toxicólogo asegurara que los enfermos fueron inyectados con bal, una droga contraindicada en caso de intoxicación son folidol; Luis Tirso sigue amaestrando animales.

Muchos enfermos sufren mareos, les duele el estómago, pierden el conocimiento con frecuencia y se ahogan. Entre ellos están Nhora, Omar Romero, hijo del peluquero; y Kilian Ortegón, uno de los 6 hermanos sobrevivientes de la familia Ortegón.

También la ciudad ha cambiado: el hospital se ubica en un edificio amplio y moderno, el Almacén Mi Granja se ha trasladado una cuadra más arriba y hay edificios de 3 y 4 pisos.

El Ministerio de Agricultura determinó que cada envase de folidol se empacará en caja separada, se envasará en plástico y se dispondrá de antídoto en los almacenes; sin embargo, el veneno se despacha por docenas, se envasa en vidrio y en los almacenes no hay antídoto.