La bóveda estrellada


Es un recinto cerrado, iluminado con luz artificial, amoblado para cumplir una función específica que todos conocen, al igual que conocen su ubicación y el protocolo que dentro de él se debe mantener, pero pocas personas ven su espectacularidad. Y es que son pocas personas las que miran arriba, literalmente.

No es su piso, tampoco sus butacas ni su escenario, aunque este último bien podría serlo. Lo que hace único a este espacio esta arriba, es su techo. Pero no hay belleza sin antiestética, no hay sofisticación sin sencillez, no hay innovación sin antigüedad, no hay techo sin suelo.

Un tablón en forma de trapecio de madera laminada color café claro y brillante por el barniz,  montada sobre otro tablón un poco más delgado y apenas unos 40 cm más largo que el anterior, de forma que aquella pestaña hace las veces de pequeña escala. Sobre la parte frontal del tablón, tanto en el extremo izquierdo como el derecho, tres escaleritas permiten el acceso al escenario.

El trapecio está delimitado por tres paredes, dos sobre cada uno de los lados paralelos y una sobre el lado trasero, el del fondo. La pared del fondo que limita con las paredes lateares es de color blanco y sobre ella cuelga una tela cuadrada e igualmente blanca que es la pantalla sobre la que proyecta el Video Beam.

Las paredes laterales están hechas de ladrillo y en cada una de ellas hay un hueco rectangular en donde encaja con precisión una puerta de madera clara. Además, sobre la pared de ladrillo de la derecha, a un lado de la puerta, hay un panel horizontal cubierto por un vidrio oscuro que bloquea la visibilidad.

Sobre la esquina inferior derecha del piso de madera se encuentra un podio de base cuadrada, de color café claro, más claro que el barniz del tablón; y con un letrero impreso sobre su cara frontal que dicta: “Universidad Eafit Abierta al mundo”.

Frente al escenario se despliegan diez hileras de butacas que ascienden en altura, siendo la última hilera la más alta del auditorio. La primera hilera, la más cercana al escenario, cuenta con ocho butacas, las otras nueve tienen 14 butacas cada una.

A ambos lados del bloque de butacas, 18 escaleras permiten el acceso hasta el fondo del auditorio que está marcado por una alta pared cubierta con el mismo paño azul que reviste a las sillas.

Es la descripción de un auditorio, el del bloque 38. Tan típico como todo otro, tan monótono como los demás. Encapsula un ambiente docto, inspira respeto y evoca un ritual, tal vez se deba a que las personas que hemos visto adueñarse del compacto sitio  y en especial, de su podio, han sabido ganar el privilegio de pararse allí. Pero aparece imponente la otra cara de la dualidad, la que promete innovación, la que desafía los métodos arcaicos y la que sin duda, hace único a este lugar.

Como simulando una bóveda estrellada 20 bloques blancos y rectangulares suspenden del techo como por arte de magia, ocultando los ductos del aire acondicionado y los cables de la luz. En los espacios libres que hay entre los bloques blancos, cuelgan 28 lámparas de luz blanca y un Viedo Beam. Este es sin duda un contraste imposible de ignorar, pues el techo de esta estancia pareciera más el centro de atención de una flamante sala de exposición o la ostentación de una millonaria casa en París; no obstante, este es el único elemento del teatro que es pasado por alto entre los turistas que pasan por aquí, tal vez se deba a que son pocas personas la que miran hacia arriba, tal vez, como sucede con las estrellas, algunos no son dignos de mirar allí.



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