Preparativos para una tragedia lluviosa




Sentada frente a un antiguo y robusto espejo cuyo marco dorado parecía estar incrustado como un diamante en la pared, Diana Robins contemplaba aquel somnoliento rostro plagado de inusuales arrugas que se reflejaba frente a ella. Hoy no era un día habitual, sus ojeras se habían rehusado a abandonar sus parpados desde hace ya algunos días y su nariz respingada se empeñaba en simular un severo ataque alérgico. La rasquiña se volvía intolerable, tal vez el polvo que colmaba cada superficie de aquel despreciable lugar pudo haber… “Quédese quieta señorita Robins, va a arruinar su peinado”, exclamó de manera sutil la joven estilista mientras manipulaba con habilidad el último mechón de pelo dorado que aún colgaba sobre la espalda de Diana.

“Esto está saliendo justo como pensé… es un desastre”, replicó la señorita Robinson. A pesar del aclamado optimismo que solía caracterizar a la bella muchacha de 27 años, aquella fría mañana había logrado suprimir todo esbozo de esperanza que en vano conservaba.

“Lo sabía, lo predije desde el primer momento en que lo supe. No había forma de evadirlo, ¡no hay forma de evadir la lluvia!, yo lo predije y lo advertí pero nadie quiso escucharme, ¿acaso alguien me prestó atención? ¡No! Por supuesto que no”. En ese momento se oyó el estruendoso rugido de la puerta, sin duda, más pesada que el obsoleto espejo. La señora Marina Blair había irrumpido en la habitación tan rápido como su largo vestido color salmón se lo permitió. “Esto es ridículo Diana, te portas como una niña caprichosa. Ya habíamos llegado a un acuerdo”, dijo exaltada la señora Marina aunque tan sofisticada y refinada como siempre.


“Es que no lo entiendo. ¿Por qué aquí?, ¿por qué mi padre? ¿Acaso no pretendía mi felicidad?”. La joven mujer lloriqueó desconsolada durante unos segundos. Su madre intentó de nuevo sosegarla, esta vez con una voz suave y apacible: “Tu padre siempre quiso tu felicidad -extendió sus brazos invitando a la joven novia a levantarse de su asiento-. Yo entiendo que no sea fácil para ti, tampoco yo comprendo su propósito, pero sé que tu padre era un hombre sabio. Debemos confiar en él”.

Para aquel entonces, todo este drama ya había logrado desorientar mi estabilidad mental, la misma que había luchado por mantener durante toda la mañana. Yo la comprendía; su situación no era fácil ni usual y quizá yo hubiese reaccionado igual o peor que ella. ¿Y cómo más puede uno reaccionar cuando tu propio padre te condena a celebrar el día más especial de tu vida en el lugar que más desprecias? La señorita Diana no tiene culpa alguna de odiar la lluvia; muchas personas lo hacen. Tal vez su padre, cuando hizo todos los arreglos para adecuar la celebración de la boda en este húmedo y triste lugar, no tomó en consideración los deseos de su hija. Es lamentable que el señor Robinson haya muerto y no pueda venir a cancelar lo que dejó arreglado desde hace unos años, mucho antes de que su hermosa y única hija planeara siquiera casarse.

Ahora, la desconsolada novia no tiene otro remedio que contraer matrimonio en aquel desaseado jardín. Con tan solo mirar por la ventana puedo imaginarme el agua empantanada impregnando de lodo la cola de su espléndido vestido blanco. Si bien es cierto que hasta ahora curiosamente no ha caído una sola gota de lluvia del cielo, la desgracia se ve venir. Durante toda la semana, en el ineficiente y único periódico de la región, se ha promulgado: “Torrencial aguacero aguarda al día martes 27 de febrero. Invitamos a la población de Nateri a alistar provisiones”. En definitiva, después de atisbar el desolador panorama que rodea la vieja casa, no cabe duda que el condado de Nateri cuenta con un eficiente equipo de meteorólogos.

La señora Marina, ayudada por Diana y por mi hermana, quien por cierto recibió muchos halagos por su grandioso trabajo estilístico en el pelo de la novia, logró atar la última cinta del ceñido corsé que en efecto esculpía a la perfección el abdomen de la pretendida. En seguida, la monumental puerta de entrada de la habitación volvió a rugir. Esta vez fue la señora Cassey, dueña de la propiedad y, en teoría, organizadora del evento, la que se integró al experto equipo de preparación de novias en el que, así fuese como admiradora, me incluía yo.

“Vengo a verificar como está la chica… ¡y me encuentro con una princesa!”, exclamó la señora Cassey con la gentileza que la distingue. “Todas ustedes pueden decir lo que quieran pero nadie podrá jamás hacerme olvidar esta pesadilla. Odiaré la lluvia por el resto de mis días”, respondió Diana.

La señora Cassey había heredado esta propiedad de manos de su abuela, quien falleció poco después del entierro del señor Robinson. Cassey, aunque pasó la niñez cerca de su abuela, no logró nunca entender el misterio alrededor de la vieja casa, a la que su abuela se apegaba con uñas y dientes. En varias ocasiones, Cassey le había propuesto que se mudaran a otro condado, lejos de la lluvia y la humedad; pero la obstinada anciana alegaba que no había mejor lugar para alguien como ella que su gastada casa.

“Recuerdo verla frente a la ventana sentada en una mecedora como esperando a ver caer la primera gota de lluvia, aunque al verla caer, se levantaba disgustada y caminaba hacia al estar, lejos de la ventana”, contaba Cassey con frecuencia.

Los escasos invitados habían arribado. Diana estaba casi lista para inaugurar la celebración. Afuera, al aire libre, estaba ya dispuesta una mesa cubierta por un mantel blanco, los asientos para los invitados y pétalos de rosas blancas y rojas esparcidos por el césped; tal como su padre lo había ordenado. El novio, en alguna parte de la casa, seguramente esperaba la salida de su prometida.


De pronto, tal como lo anunciaba el periódico, un diluvio se desplomó de los cielos y en instantes logró inundar por completo el lugar. Las lágrimas que caían sin cesar del rostro de Diana se asemejaban bastante al chubasco que resoplaba con fuerza al otro lado de la ventana. ¡La odio, la odio, la odio. Odio la lluvia! No paraba de gritar. Sin embargo, en pocos minutos, 27 con exactitud, la lluvia cesó. Los invitados se acomodaron como pudieron sobre las sillas empapadas, el cura hizo un espacio para su Biblia entre las velas que decoraban la mesa y el novio tomó su lugar frente al improvisado altar. Entonces, la novia hizo su entrada (en mi concepto, magistral) y caminó sobre los estropeados pétalos hasta el altar. A pesar de la desgracia que había traído consigo la lluvia y de la evidente incomodidad de los invitados, Diana no podía creer que su prometido estuviera allí; de pie y dispuesto a unir sus vidas para siempre. En ese momento, nada importó más que el amor que sentía por su futuro esposo y comprendió que, a fin de cuentas, eso era lo único que debía importar.


Los novios se tomaron de la mano y algo tan sorprendente como inesperado ocurrió. Desde la parte trasera de la casa comenzó a bajar una cantidad exorbitante de agua que se dirigía justo hacia el altar. Era como si un río completo hubiese abandonado su cauce para inundar la propiedad. Pero el agua, la misma que había caído del cielo minutos antes, era completamente cristalina y a su paso barrió con todo el lodo y el pantano que encontraba. Al fin el agua llegó al jardín delantero, todos se exaltaron y comprendieron que era muy tarde para huir, así que acurrucaron sus cuerpos y recibieron el suave impacto del agua que se extendió hasta el final del jardín. Cuando abrieron sus ojos, notaron que estaban parados dentro de una piscina transparente, de unos 30 centímetros de profundidad, y se maravillaron al ver el milagroso escenario: los pétalos blancos y rojos flotaban a su alrededor y entre sus piernas, alrededor del vestido de la novia, sin lugar a dudas mojado, se adhirieron abundantes pétalos rojos, como si éstos fueran parte de la ornamentación. Las velas también flotaban en el agua y recorrían el largo y ancho del jardín.

¿Quién iba pues a pensar que la encantadora Diana Robins, quien juró odiar a la lluvia por el resto de sus días, iba a contraer matrimonio precisamente dentro de una piscina de agua natural? Era un inconcebible estanque de agua de lluvia.








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