Una insospechada aventura nevada


Me encontraba frente a una melancólica mirada, una combinación de nostalgia, confusión y decepción que yo luchaba por mitigar. Lulú, mi hermanita, mi niña, mi perrita, mi todo, no lograba aún descifrar por qué en este único viaje no me acompañaría. Lo reconozco, fui injusta y egoísta. Le di un último abrazo entregándole una parte significativa de mi alma, me incorporé y miré a mi padre quien permanecía a un lado del cúmulo de maletas a la espera de una señal de aprobación para halar de la correa y llevarla con esfuerzo de vuelta al carro. Decidida y sin mucho arrepentimiento, le di la espalda a mi padre y a mi niña mientras abordaban el vehículo de regreso a Medellín. No tuvimos mayor inconveniente en registrarnos en el vuelo, aforar el equipaje, obtener nuestro pasabordo y tomar un pequeño desayuno antes de pasar a la sala de espera. Mi tarea consistía en cargar, si así puede decirse, una estorbosa bolsa en la que llevábamos gruesas chaquetas, bufandas, guantes y gorros. Resultó aun más complicado embutir la considerable bolsa en los compartimientos superiores del avión, pero una vez más, logré efectuar mi tarea.

Aunque quisiera, no puedo admitir que abordé en un vuelo sereno y apacible, pues el aterrizaje en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York pudo haber sido una de las experiencias más atemorizantes que a mi corta edad he tenido que vivir.

No pretendo en este relato realizar una completa descripción de lo que sentí (y estoy segura que mi madre también sintió)  cuando atravesamos el puente hacia la isla de Manhattan en aquel cómodo y típico taxi amarillo, pues no es esta primera sensación la que configura mi más bello recuerdo, solo mencionaré aquella frase de gozo e inocente expectación que soltó mi madre cuando obtuvimos el primer panorama de la imponente ciudad que, aun a oscuras, nos prometía las más increíbles vacaciones de nuestras vidas: “Laura, mirá, es igualitica a como sale en el Hombre Araña”. Y sí, no había forma de contradecir tan acertada afirmación, excepto porque nuestra perspectiva iba de abajo hacia arriba y no de arriba hacia abajo como lo ve el Hombre Araña; sin embargo, la sensación de estar atrapado dentro de un laberinto de gigantescos muros y rascacielos, era la misma.
Times Square
Nueva York resultó ser diferente a lo que imaginamos. Cada simple expectativa que teníamos sobre este o aquel otro lugar se engrandecía cada vez que presenciábamos de primera mano la magnificencia de sus míticas atracciones. La Estatua de la Libertad, el edificio Empire State, el Rockefeller Center, el Museo Americano de Historia Natural, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, el Puente de Brooklyn, el distrito de Brooklyn, el Times Square, la Quinta Avenida, el World Trade Center, el museo de cera de Madame Tussauds, el Central Park, Burger King, Kentucky Fried Chicken, Planet Hollywood, McDonald’s, Starbucks Coffee, Macy´s, Forever 21, American Eagle, Gap, JCPenney, Charlotte Russe, H&M…
Edificio Empire State
Museo Madame Tussauds
Museo Madame Tussauds








Dedicamos el 25 de diciembre, el día de Navidad, a conocer la Zona Cero, pues pensamos que sería una buena oportunidad para visitar una “atracción turística” que en otras circunstancias estaría plagada de multitudes curiosas. No me es posible afirmar que esta visita a la Zona Cero, lugar donde solían alzarse con particular ímpetu las recordadas Torres Gemelas, fue de mi completo agrado, pues incluso en la expresión de las personas que por allí circulaban podía leerse con claridad el trágico recuerdo de la experiencia vivida y de la melancolía eterna, sin aparente consuelo, que en ellos ha implantado el atentado del 11/07. 


En la noche, al llegar a la habitación del hotel, vimos un comercial de televisión que anunciaba descuentos de hasta el 70% en la gran tienda departamental Macy´s para el día siguiente. Por supuesto, lo agregamos de inmediato a nuestra agenda. Hasta casi las 12 de la noche, como era usual, observamos con atención el canal meteorológico, pues la verdadera razón de nuestro viaje a Nueva York consistía en conocer la nieve. Pero no, el canal del tiempo era muy claro cada vez que anunciaba un cielo nublado pero sin rastro de granizo. El día después de Navidad (26 de diciembre) era prácticamente nuestro último día en el país, pues el 27 de diciembre deberíamos estar en el aeropuerto en las horas de la tarde y no tendríamos mucho tiempo de disfrutar la ciudad, por ello habíamos perdido ya las esperanzas de palpar la nieve por primera vez en nuestros dedos. Mi padre, en cada una de sus llamadas, insistía en que debíamos comprar botas plásticas para poder caminar sobre el hielo derretido sin riesgo a humedecernos los pies, pero no quisimos oír su consejo porque sabíamos que no tendríamos la oportunidad de ver nevar.

Battery Park con vista a la
Estatua de la Libertad
Así pues, el 26 de diciembre nos levantamos muy temprano con un frío muy particular y tomamos la línea del metro que nos dejaría en la calle 34 del Times Square. A pesar de la afanosa y valiente madrugada, descubrimos, una vez que ingresamos al almacén que parece más un centro comercial, que habíamos llegado tarde. Desde las 7 a.m. hasta después de la 1 p.m. nos probamos todo tipo de ropa y zapatos, nos quitamos y nos pusimos la chaqueta, los guantes, los gorros y las bufandas innumerables veces, luchamos por conseguir la atención de los vendedores e hicimos filas de varios metros. En cierto punto decidimos que era necesario recuperar energías, tomamos las bolsas y comenzamos a equiparnos con el vestuario que requiere el clima de Nueva York. Pero justo antes de atravesar las puertas dobles de salida, mi madre se percató de que muchas personas estaban ingresando al almacén y todas ellas parecían cubiertas de unas bolitas blancas… ¡afuera estaba nevando!

Tan pronto atravesamos las puertas, vimos un vendaval de copos que caían con fuerza sobre el piso y formaban una gruesa capa blanca. Mi madre, sin explicación alguna transformó su rostro y sus expresiones se tornaron tan inocentes y expectantes como las de los niños, y yo, al ver a la gente dichosa de la alegría y a los niños tomándose fotos con cada escultura cubierta de copos blancos, me transformé también. Después de una breve sección de fotos nos dirigimos a un Burger King que quedaba en un sótano y tuvimos que comer sobre unos computadores viejos porque no había ni un lugar disponible.

Times Square

Toda la tarde la dedicamos a las compras y al llegar al hotel, a las 7 u 8 de la noche, decidimos cruzar la calle y comprar un capuchino en Starbucks. Cundo teníamos el café calentando nuestras manos, emprendimos una caminata de 2 cuadras hasta el Central Park. En medio de la dura tormenta, nuestras risas, gritos y saltos quedaron registrados en varios videos que tomé.

He aquí entonces una lista de los que considero mis mejores recuerdos: el sonido del viento furioso golpeando la ventana del hotel, la neblina impenetrable a la mirada, la extraña sensación que me hacía pensar que carecía de dedos en los pies pues el frío era tal que los adormecía (después de todo hubiera sido bastante conveniente haber comprado las botas plásticas que sugería mi papá), los niños que se deslizaban a gran velocidad con sus tablas de surf y flotadores de piscina sobre las gigantes montañas blancas que cubrían todo el Central Park al día siguiente, mi madre persiguiéndome con bolas de nieve que hacía estallar en mi chaqueta, la risa que me dio cuando la vi tropezarse, la carcajada que solté cuando intentaba en vano ayudarla a pararse, los monstruosos carros que despejaban las calles, la billetera por la que caminamos casi 6 cuadras sobre el gélido pavimento, pues necesitaba traerla a casa conmigo; la vergüenza que pasamos en un baño del edificio Rockefeller al quitarnos las botas y las medias empapadas, y ponerlas bajo el potente secador que despedía aire caliente, la preocupación por no saber a ciencia cierta hasta qué horas aplazarían nuestro vuelo pues el aeropuerto John F. Kennedy estaba cerrado, la despiadada tormenta que ahora completaba un día de inclemencia y que no parecía tener ánimos de cesar, la impaciencia cuando nos anunciaron que el vuelo Nueva York- Bogotá no saldría a las 7 p.m. sino a la 1 a.m. y la desilusión cuando de la 1 a.m. se aplazó hasta las 4 a.m., luego 
Central Park
a las 8 a.m., luego a las 12 y luego al fin a las 2:20 p.m.; el hambre que los pasajeros de todas partes del mundo sentimos cuando a medianoche se acabó el pollo de KFC que era el único restaurante que permanecía abierto, la incómoda noche sobre las sillas que no permitían cambiar de posición, la rabia al ver que uno a uno todos los vuelos partían; los constantes reclamos hacia las azafatas de Avianca que no parecían querer concedernos ninguna información, sobre todo contra aquella que nosotros “Los Paisas”, como nos autodenominamos los pasajeros de aquel vuelo, apodamos “La Embarazadita”, no precisamente por  que estuviera embaraza sino porque así lo parecía; la caminada por las pistas del aeropuerto hasta el avión, la llegada a Medellín y la notificación de que nuestras maletas se habían quedado en Nueva York. Esta fue pues una lista de mis mejores recuerdos, mis mejores vacaciones, mi aventura favorita que la nieve propició.

Central Park

Central Park

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